Consecuencias de una suba de popularidad sin brotes verdes
Por Julio Burdman
8 de mayo de 2017


La imagen de Mauricio Macri ha mejorado levemente en las últimas mediciones, y también lo ha hecho la aprobación de su gobierno. En la encuesta de Observatorio Electoral realizada hace unos pocos días (ámbito nacional, 1104 casos telefónicos, relevamiento entre los días 28 y 30 de abril de 2017) se registraron subas respecto de las mediciones anteriores. El 43,5% tiene imagen positiva del Presidente, contra 41,9% de opiniones negativas -un mes atrás era 39,3% a 38,1%; se reduce la franja de los que tienen opiniones más neutrales sobre él. Mientras tanto, el 47,4% aprueba su gestión contra el 48,5% que la desaprueba; a fines de marzo, era 44,1% contra 50,1%.

Esta buena noticia para Macri sigue sin estar acompañada de cambios sustantivos en la percepción económica personal y familiar. Los votantes, a pesar de los anuncios y las promesas, no están materialmente satisfechos. La mayoría de los consultados dice estar peor que hace algunos años -aún cuando un mes atrás esto había mejorado un poco-, y la inflación continúa siendo señalada como el principal problema del país por uno de cada cinco argentinos. Asimismo, las expectativas para lo que resta del año no mejoran: la mayor parte de la sociedad aún cree que 2017 terminará siendo igual o peor que 2016 -un año malo, de por sí. 

Esto significa que los números no han variado demasiado: siguen conviviendo, como viene ocurriendo desde comienzos de la gestión Mauricio Macri, la conformidad con el gobierno y la disconformidad con la economía. El grupo de los políticamente conformes sigue estando fuertemente correlacionado con el de los votantes de Macri en 2015. Con el agregado de que ha crecido levemente durante un mes de abril que estuvo caracterizado por los efectos del 1A y el espíritu triunfalista que se apoderó del discurso oficialista.

Lo notorio es que esta estabilidad se prolongó hasta el mes de mayo de 2017, cuando estamos ya a 100 días del primer round electoral. En junio se cierran listas, julio será un mes de campaña intensa, y en agosto tendrán lugar las primarias. Hace algunas semanas, especulábamos con el momento en que el gobierno abandonaría el mensaje central de confrontación con el kirchnerismo y la herencia, y lo trocaría por un activismo de la gestión y el voto económico. Ya no hay demasiado tiempo para un cambio de estrategia: Cambiemos queda cada vez más atado a plantear la elección legislativa como una batalla política y cultural.

Estos números anticipan, entonces, una profundización del discurso militante. Los candidatos de Cambiemos intentarán volver al clima de 2015, y pedirán un voto para "no volver atrás", "no ser Venezuela", "vencer a la corrupción", "concretar una oportunidad histórica" ("sí, se puede"). Lo épico del mensaje cambiemista será un componente principal. Y la elección va camino a ser una competencia entre el discurso político del oficialismo y el discurso socioeconómico de la oposición.