“La antigua fuerza del PRI hoy se distribuye entre sus gobernadores”

Posted by Observatorio Electoral on Monday, April 19, 2010

“La antigua fuerza del PRI hoy se distribuye entre sus gobernadores”

(México, DF) ¿Puede volver el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México? Esta es una de las grandes preguntas de la política latinoamericana actual. Cuando Vicente Fox, del conservador Partido Acción Nacional (PAN), ganó las elecciones presidenciales del año 2000, parecía que el destino de la fuerza hegemónica que gobernó ininterrumpidamente durante 70 años era desaparecer y ser reemplazada por un nuevo sistema de partidos, protagonizado por el mencionado PAN y por el centroizquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD). Pero una década después, mientras que el PAN y el PRD sufren el desgaste, el PRI da señales de resurgimiento: todas las encuestas de los últimos meses dicen que, de haber elecciones hoy, sería el partido más votado. Otto Granados hoy trabaja en la academia y es director de la Escuela de Administración Pública del reconocido Instituto Tecnológico de Monterrey,  pero antes fue el gobernador priísta del estado de Aguascalientes y ocupó otros importantes cargos públicos y partidarios. Granados comienza la entrevista con datos duros: El PRI tiene el mayor número de gubernaturas, alcaldías y congresos estatales; en el Senado es la fracción no mayor pero sí más influyente, y es la primera fuerza en la cámara de Diputados”.

 ¿Este crecimiento es el resultado de logrado por méritos propios, o por deméritos ajenos?

Una combinación de ambos factores. Hay quizá unos seis elementos en esa recuperación: un poderoso instinto de sobrevivencia en un partido que fue hegemónico o casi único por siete décadas; una gestión pragmática para evitar divisiones o rupturas profundas entre sus distintas corrientes internas; ser de hecho el partido con una mayor implantación nacional. Además, cuenta con la potente capacidad de movilización de una maquinaria partidista en la que confluyen residuos del corporativismo de la segunda mitad del siglo pasado, un priismo sociológico que constituye el núcleo central de su voto duro (de entre un 25 y 29% de la identidad partidista nacional), y  una cierta proporción de votantes modernos y urbanos que antes estaban monopolizados por el Partido Acción Nacional. Y finalmente dos cosas adicionales: una especie de indefinición ideológica que lo vacuna para no comprometerse con posiciones que podrían resultar altamente divisivas al interior del partido, y  una operación muy hábil para construir, en un México que pasó de la monarquía presidencial al feudalismo territorial,  alianzas efectivas con los barones del PRI en los estados.

Uno de los indicadores de este clima de resurgimiento son las alianzas entre PAN y PRD en algunos estados. Alianzas que, vistas desde afuera de México, son difíciles de entender.

Me parece que hay un razonamiento muy válido entre las oposiciones para articularse en alianzas que, en efecto, se ven en principio un poco excéntricas. Por un lado, tras su derrota en el 2000 muchos aseguraron que el PRI estaba llamado a vivir la noche de los cuchillos largos, a disolverse en facciones y a desaparecer. El pronóstico falló. Contra lo imaginable, ese partido empezó a reponerse primero en las elecciones locales y luego en las federales. Por ejemplo, de las 34 ciudades de más de 500 mil habitantes en México, sin contar al Distrito Federal desde luego, donde manda el Partido de la Revolución Democrática, el PRI gobernaba en 2000 sólo tres y en 2009 más de la mitad. Volvió a ganar en entidades emblemáticas del México moderno como Querétaro, Nuevo León o Chihuahua; recuperó, tras 12 o 15 años gobernados por el PAN y el PRD, municipios como Aguascalientes y Mazatlán, toda la zona metropolitana de Guadalajara y la mayor parte de los del estado de México, y se alzó con la mayoría en las legislativas de 2009. En consecuencia,  la probabilidad de un retorno del PRI a Los Pinos en 2012 es real y, ante tal escenario, la alianza de partidos tan contrastantes como el PAN y el PRD para cerrarle el paso al PRI no es una entre varias alternativas que ambos tienen, sino en la práctica la única. Dicho con realismo: las alianzas son por ahora una plataforma para la sobrevivencia.  Donde tengo una gran interrogante es si van a ser eficaces electoralmente y la prueba del ácido vendrá el próximo 4 de julio con las elecciones estatales.

¿Cuáles son las perspectivas para estas elecciones?

Parecen exitosas. De doce estados en contienda, mi impresión es que ganará al menos nueve.

¿Qué diferencias hay entre el PRI de hoy, y el de los últimos 20 años? ¿Podemos hablar hoy de uno, o varios PRI?

Yo creo que el PRI sigue en estado de recuperación y es fundamentalmente el mismo que fue derrotado en las presidenciales del 2000 y 2006. No ha reformado sustancialmente sus estructuras, programas, estatutos o ideología, sencillamente porque, desde el punto de vista estrictamente electoral, no lo necesita. Por un lado, en términos funcionales, el PRI parece sentirse ahora más cómodo teniendo una dirigencia nacional electa por su militancia, un peso parlamentario importante y una constelación de fuerzas políticas locales que, en conjunto, constituyen un sistema de pesos y contrapesos que se equilibran entre sí, y que no tienen más remedio que entenderse para procesar la agenda partidista porque, de diversas maneras, a todos les conviene: crean alianzas para negociar con el ejecutivo federal o el congreso federal, controlan los comités estatales o influyen en las candidaturas, entre otras ventajas. Y esta forma de arreglos le ha redituado eficacia electoral y  flexibilidad política. Por otro, el PRI no tiene incentivos para adoptar institucionalmente una definición ideológica porque ni en el mercado electoral ni en la frivolidad mediática actual venden los temas de fondo, porque en su código genético no está el hábito de diseñar una agenda nacional propia, y porque le conviene dejar que sus distintas corrientes naveguen entre una retórica nacionalista, una social democracia tropical y, en mucho menor medida, un relativo liberalismo económico.  Esta ambigüedad, por lo demás, más que un problema, le ha permitido hasta la fecha acomodarse a la coyuntura sin comprometerse a fondo en los asuntos más controvertidos, evita disputas internas insalvables,  agrada a una porción del electorado y ha supuesto, en la práctica, disolver las antiguas contradicciones de los años 90 entre los  dinosaurios tradicionales y los reformistas, entre otras cosas porque éstos fueron  desplazados del poder partidario o aquellos salieron del closet al que los confinaron temporalmente los gobiernos de la modernización y regresaron a los viejos modos.

El viejo PRI era un partido de estado, con una capacidad de desarrollo territorial -o clientelismo, para decirlo sin tanta diplomacia- que hoy no tiene. ¿Puede resurgir el PRI sin esta capacidad, sin el estado como soporte central?  

Es que sí tiene ese soporte solo que ahora distribuido en las gobernaciones que controla en 18 de 32 estados. Me parece que aquí hay varios componentes. Uno es que aquella fuerza que concentraba en el siglo XX el Presidente de la República se ha trasladado y distribuido entre los gobernadores; éstos son ahora los verdaderos barones del PRI: controlan las maquinarias locales, disponen de recursos abundantes, negocian con el gobierno central directamente e imponen candidatos. Quizá algo parecido a los caudillos históricos del peronismo en las regiones. Adicionalmente, las derrotas sufridas desde 1989 hasta 2000, mal que bien llevaron al PRI a entender que “toda política es local” y el rodaje después de estos años fue el de un partido a la defensiva, que aprendía a buscar y lograr nuevas formas de movilizar a su maquinaria, de conectar con los votantes, y de desarrollar nuevos cuadros. En una palabra: si algo define el momento actual del PRI es  pragmatismo, flexibilidad y adaptación.

Se habla también del acercamiento de generaciones más jóvenes al PRI, lo que hace una o dos décadas era impensable. Y me pregunto si acaso el PRI, con su carga emotiva de ser un símbolo de México, no ejerce un atractivo "mexicanista" en nuestra época de política identitaria. ¿Qué opina de eso?

Algo hay de eso pero los sondeos que miden la identidad partidista todavía no explican si esa relativa recuperación viene de las generaciones jóvenes o del votante que siente una suerte de “nostalgia del autoritarismo” muy asociada con  el decepcionante desempeño de los gobiernos del PAN. Yo creo que, más que identidad nacionalista, en esto subyacen varias de las fibras antropológicas que el PRI no sólo está aprovechando para ganar, sino que exhiben su naturaleza, es decir, más que un partido convencional, el PRI en el poder era un modo de hacer política en torno al cual gravitó durante décadas la mayor parte de los otros actores públicos, económicos y sociales de México, creó un determinado comportamiento electoral y construyó un peculiar estilo de mediación  entre la sociedad y la autoridad. A la luz de los resultados electorales recientes, algo o mucho ha quedado de ese legado.

¿Qué ideas trae el nuevo PRI sobre política exterior, y en particular sobre América latina, en estos momentos de cambio?

Como te decía, me parece que ideológicamente en el PRI hay un regreso al pasado nacionalista, con una combinación de estatismo, populismo y social democracia de viejo cuño. Y eso permea, desde luego, en sus posiciones en política exterior. Déjame darte un ejemplo muy reciente: ante la propuesta de que el Senado de la República emitiera un exhorto al gobierno de Cuba para que respete las garantías individuales y los derechos humanos de los disidentes, la fracción parlamentaria del PRI, con la excepción por cierto de Rosario Green, ex canciller y antigua embajadora de México en la Argentina, votó en contra. Así que, por un lado, creo que no hay un posicionamiento especial en materia de política exterior regional y, por otro, si lo hubiera, me temo que sería bastante complaciente con casos como los de Chávez en Venezuela, Evo en Bolivia o Daniel Ortega en Nicaragua.

¿Cuáles son las nuevas figuras del PRI que se proyectan?

Hay una camada de gobernadores relativamente jóvenes  muy efectivos mediáticamente que son los que sobresalen. Pienso en Enrique Peña del estado de México, Rodrigo Medina de Nuevo León, Humberto Moreira de Coahuila o Fernando Ortega de Campeche, por ejemplo. Y en candidatos que compiten este año como Miguel Alonso de Zacatecas, César Duarte en Chihuahua o Javier Duarte en Veracruz.