El desafío electoral de la Capital
27 de marzo de 2017

Se habla con frecuencia de la centralidad electoral de la provincia de Buenos Aires. La "madre de todas las batallas", como se la denomina habitualmente. Como hemos destacado en informes anteriores, se trata de una importancia simbólica, ya que es poco lo que puede cambiar en la política argentina tras esta elección de medio término. 

Pero si de triunfalismos simbólicos se trata, nada para el PRO como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El PRO nació y proviene de allí. Y aún su gobierno bonaerense, encabezado por Vidal, es una suerte de exportación originada en la Capital: recordemos que la actual gobernadora bonaerense era la Vicejefa del Gobierno porteño de Mauricio Macri, y su Superministro de Seguridad, Cristian Ritondo, conducía la Legislatura capitalina. El PRO no puede perder en la provincia; pero por sobre todas las cosas, debe ganar la Capital. 

El PRO, como partido político, está afianzado en la Ciudad, donde gana todas las elecciones desde hace años. Su "graduación" como partido político se produjo en ocasión de la PASO locales de 2015, en las que Horacio Rodríguez Larreta venció a Gabriela Michetti: pese a que la segunda era más conocida y popular, Macri llamó a votar por el primero y su liderazgo sobre el electorado funcionó adecuadamente. Hoy, el gobierno distrital del PRO sigue gozando de una buena tasa de aprobación: de acuerdo a la encuesta realizada por Observatorio Electoral Consultores el 5 y 6 de marzo pasados en la Ciudad, sobre 605 casos telefónicos, el 45,3% aprueba la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, contra un 44,8% que la desaprueba. 



Sin embargo, al consultarlos sobre el gobierno nacional que preside Mauricio Macri, hay una ligera diferencia: de acuerdo con la misma medición, un 43,4% lo aprueba, contra un 49,8% que lo desaprueba. Es decir que son algo más los que desaprueban la gestión nacional que quienes la aprueban, mientras que hay un empate en el caso de la gestión porteña. 

Cambiemos tiene dos riesgos en la Ciudad. Uno es que los porteños voten pensando en la Nación antes que en la Ciudad, ya que allí encuentran menos activos y razones para respaldar al oficialismo: analizando la conformidad con las diferentes políticas públicas, los porteños están conformes con lo que sucede a nivel local, pero no tanto a nivel nacional. Esta sería la primera elección desde 2007 en que el PRO está gobernando los dos niveles simultáneamente, y sería problemático que la evaluación de la situación económica nacional opaque a la evaluación local.

El otro riesgo es la probabilidad de que la oposición arme una gran coalición. Felipe Solá podría mudarse a la Ciudad, y conformar aquí un frente que aglutine al Frente Renovador, un sector del PJ porteño, y a una gran cantidad de dirigentes y partidos de centroizquierda (Donda, Lozano, Solanas, etc.). Eso podría reunir una cantidad de votos. 

Y está, también, el factor Lousteau: ¿y si el embajador en Estados Unidos se pasa definitivamente a la oposición y termina jugando por fuera de Cambiemos? Eso sería problemático para el oficialismo, ya que Lousteau captura muchos votantes de todo tipo; la pesadilla definitiva sería una alianza entre un Lousteau opositor y la coalición peronista-centroizquierdista-renovadora en ciernes. Eso último hoy luce poco probable, pero en política nunca hay que descartar nada.